—Papá...
—Tú no eres mi hija. Nunca lo fuiste. Ojalá te hubieras quedado muerta.
Sus palabras me atravesaron con una crueldad que no estaba preparada para soportar. Sentí que me ardían los ojos y, por un instante, el poco cariño que todavía conservaba por él se consumió dentro de mí, ennegrecido y reducido a cenizas como las páginas del grimorio.
Di un paso atrás y busqué la mano de Alexander.
—Deberíamos irnos.
—Oh, no. No tan rápido.
John se plantó delante de nosotros cuando nos disponíamos a