Perspectiva de Ella
Por segunda vez aquella noche, el viento helado se abrió paso entre mi pelaje mientras corríamos por el bosque. Pero esta vez no trajo calma alguna; no logró aliviar mis nervios destrozados.
Al contrario, me ardían los ojos y los labios por el frío, como si aquella sensación reflejara lo que llevaba en el corazón después de haber huido de Alexander y dejarlo atrás en aquella habitación del hospital, confundido y furioso.
Lo único que podía hacer era rogar que no nos siguiera.