Capítulo 483
Empezamos a cavar, sacando puñados de tierra húmeda. La tierra cedía con una facilidad inquietante, como si quien hubiera enterrado a aquella persona hubiera tenido tanta prisa que ni siquiera se hubiera molestado en compactarla después.

Habíamos cavado unos treinta centímetros cuando el chasquido de una rama quebrándose a nuestras espaldas me hizo detenerme en seco.

Me quedé inmóvil, con las manos todavía hundidas en la tierra. Mi madre giró la cabeza al mismo tiempo. Nos cruzamos la mirada y e
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