Sentí una mano sobre mi hombro y me giré. Alexander me observaba con aquella expresión que a veces aparecía en su rostro. Esa que siempre conseguía hacerme sentir como si fuera la única persona en el mundo.
—Ven conmigo —dijo en voz baja.
—¿A dónde?
—Ya lo verás.
Tomó mi mano y me alejó de la fiesta. Atravesamos el jardín, pasando junto a los niños, los adultos y las mesas llenas de comida, hasta llegar al borde de la propiedad. Allí había un sendero que no recorría desde hacía mucho tiempo.
Sab