El regreso a la conciencia no fue una transición limpia, sino una bofetada de realidad que me arrastró desde un fondo oscuro y pegajoso. Lo primero que registré no fue la luz, sino el olor: esa mezcla penetrante de antiséptico clínico combinada con el maldito aroma a mirra que parecía impregnar cada rincón del palacio Al-Fayed. Intenté mover las piernas, pero un dolor punzante, sordo y caliente en la zona del bajo vientre me arrancó un quejido seco que se me quedó atorado en la garganta.
—Despa