Las puertas de metal clínico de la sala quirúrgica de alta complejidad del palacio Al-Fayed se cerraron pesadamente, dejando tras de sí el eco amortiguado de una batalla médica por la supervivencia. El aroma rancio del antiséptico y la mirra quemada flotaba en el aire gélido del pasillo central, mezclándose con el olor de la pólvora invisible que mi mente de Lobo ya saboreaba para la purga inminente. El veneno fuerte de la víbora había forzado lo inevitable: los médicos, bajo el cañón directo d