El frío del amanecer no lograba apagar el calor asfixiante que emanaba de las losas del Patio de las Palmas. Cientos de hombres se agolpaban en el perímetro circular: visires, jefes de clanes vestidos con sus mejores túnicas de seda, y los soldados de la guardia real sosteniendo sus estandartes en un silencio espectral. Las antorchas de la noche aún chisporroteaban en las paredes de piedra, mezclando el olor a queroseno con la bruma roja que el sol naciente proyectaba sobre las dunas del este.