El otoño en Nueva York tenía una forma muy particular de teñir el mundo de dorado y nostalgia. Las hojas secas de los robles y los arces caían en una marea pausada sobre los caminamientos de piedra de Central Park, un contraste absoluto con el polvo abrasador, el olor a mirra y la aridez sin fin de las dunas que alguna vez definieron mi cautiverio. Habían pasado cuatro años largos desde la noche en que el rugido de los motores de un avión privado me arrancó de las garras del sultanato Al-Fayed;