La risa amarga de Amira seguía vibrando en las paredes de estuco del ala norte, cortando el aire gélido como el filo de una cimitarra bien afilada. Sus palabras, impregnadas de ese orgullo latino indomable que ninguna de mis celdas de oro había logrado quebrar, se me clavaron en las entrañas. Prefería el caos, prefería el regreso del fantasma de mi hermano menor, prefiriendo que el imperio entero se cayera a pedazos antes que permanecer bajo la sombra de mi protección militar. Quería usar la re