El silencio que se reinstaló en el ala norte tras mi salida apresurada no duró mucho tiempo dentro de mi propia cabeza. La marca ardiente de su bofetada seguía latiendo en mi mejilla izquierda, pero el miedo visceral a que su crisis emocional desatara una nueva hemorragia interna y apagara el doble latido de mi estirpe me obligó a regresar apenas una hora más tarde. No podía dejarla sola. No en esa penumbra grisácea, rodeada de los escombros de arcilla que ella misma había provocado en su deses