La gran sala de audiencias privadas del palacio Al-Fayed parecía haber retenido el calor asfixiante de la jornada, denso y cargado del aroma rancio a humo de sándalo y resinas caras. El sol ya se había ocultado por completo tras las dunas, dejando que la penumbra de la noche fuera combatida a duras penas por los candelabros de bronce que se alineaban en los rincones de mármol. El ambiente era de una solemnidad gélida, un teatro de apariencias donde cada respiración costaba un gramo de orgullo.