Alfred intentó levantarse de su asiento, pero le fue imposible.
—Te morirás de una vez por todas —dijo Joseph.
—¿Y eso qué?
—¿Por qué fingiste tu muerte? —inquirió Joseph, evidentemente enfurecido.
Tenerlo por fin delante, no tenía precio.
Era evidente que el hombre estaba por morir y quería sus respuestas.
—Tengo el diario de Lydia —agregó Joseph, al ver que el hombre no respondía.
George sacó del bolsillo de su chaqueta el diario de cuero negro.
—¿De qué te sirve saberlo todo?
—¿De qué