Cuando Eileen se marchó hecha una furia, Joseph se quedó de pie mirando la puerta por la que había desaparecido.
Rápidamente, salió de su despacho y se acercó a la oficina de su nueva secretaria, quien observaba la escena con expectación.
—No le hagas caso —le dijo con un tono frío—. Está con las hormonas demasiado revueltas. Ya sabes…, mujeres.
La muchacha alzó la vista y lo miró con las cejas arqueadas. Ladeó la cabeza y le dedicó una media sonrisa, antes de ponerse de pie y acercarse a él.