Eileen se humedeció los labios. Se sentía realmente ofendida por lo que Joseph estaba interpretando. ¿Es que acaso no era un hombre inteligente? ¿O había dejado su inteligencia y su capacidad de razonar en Sentosa?
—Por supuesto que no —se rehusó.
Joseph alzó las cejas, contrariado. ¿Qué diablos se pensaba esa mujer? ¿Cómo se atrevía a oponerse a lo que él consideraba una orden más que una petición?
—¿Cómo que no? —preguntó mientras la fulminaba con la mirada.
—No pienso arriesgar la vida de