Capítulo 4

—La mañana siguiente amaneció gris en Nueva York. Lucía apenas había dormido. Se levantó temprano y preparó café en la cocina silenciosa del penthouse.

Adrián ya estaba en su despacho. Hablaba por teléfono con voz firme y autoritaria. Ella lo observó desde la puerta entreabierta sin que él lo notara.

Decidió concentrarse en su trabajo. Abrió su laptop en la sala de estar y revisó los últimos códigos de Echo. El sistema necesitaba ajustes importantes antes de la próxima prueba.

Un mensaje de su asistente principal llegó al teléfono.

—El servidor principal presentó un pequeño error anoche. Necesitamos tu aprobación para corregirlo.

Lucía respondió rápidamente y se sumergió en el código. Perdió la noción del tiempo mientras sus dedos volaban sobre el teclado.

De repente, Adrián apareció en la sala. Llevaba una camisa negra y pantalones formales. Se veía tan imponente como siempre.

—¿Has dormido algo? —preguntó él cruzando los brazos—. Tienes ojeras.

Lucía cerró la laptop con cuidado.

—Dormí lo suficiente. Gracias por preocuparte.

Él se acercó y se sentó frente a ella. Por un momento, el silencio se volvió incómodo. Adrián la miraba como si intentara leer sus pensamientos.

—Anoche dijiste que todos tenemos secretos —comenzó él—. ¿Qué quisiste decir con eso?

Lucía sintió un escalofrío. Evitó su mirada y se concentró en su taza de café.

—Nada importante. Solo hablaba en general.

Adrián no parecía convencido. Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—No me gustan las mentiras, Lucía. Ni siquiera las pequeñas.

Ella levantó la vista y lo enfrentó.

—¿Y a ti? ¿No tienes nada que ocultar? ¿Ningún recuerdo que te persiga?

Adrián frunció el ceño. Algo cambió en su expresión. Por un segundo, pareció vulnerable.

—A veces tengo sueños extraños —confesó en voz baja—. Una chica joven en Londres. Lluvia. Gritos. Nunca logro ver su rostro con claridad.

El corazón de Lucía latió con fuerza. Bajó la mirada hacia sus manos para ocultar su reacción. Sabía exactamente de qué hablaba.

—Debe ser solo un sueño —murmuró ella—. El subconsciente juega malas pasadas.

Adrián se pasó una mano por el cabello.

—He buscado a esa persona durante años. Siento que le debo la vida. Pero es como perseguir un fantasma.

Lucía tragó saliva. Quería hablar. Quería contarle todo en ese momento. Sin embargo, el miedo la detuvo.

—Tal vez algún día aparezca —dijo ella con voz suave—. La vida es impredecible.

Adrián la observó con atención.

—Eres una mujer extraña, Lucía. A veces siento que me entiendes mejor de lo que debería.

Ella sonrió débilmente y cambió de tema.

—Tengo una reunión virtual en una hora con el equipo. ¿Necesitas algo antes de que empiece?

Él negó con la cabeza y se levantó.

—Solo recuerda que esta noche tenemos un evento privado. Nada demasiado formal, pero debes asistir.

Lucía asintió. Cuando Adrián salió de la sala, ella soltó un largo suspiro. Se sentía agotada emocionalmente.

Caminó hasta la ventana y miró la ciudad. La lluvia empezaba a caer suavemente. Le recordó aquella noche lejana en Londres.

Sacudió la cabeza y regresó a su laptop. Activó Echo y cargó una nueva secuencia de prueba. El sistema comenzó a analizar patrones emocionales. Después de varios minutos, apareció un resultado en la pantalla.

"Conflicto interno. Miedo a la verdad. Apego emocional profundo."

Lucía cerró los ojos.

—No eres el único que busca algo perdido, Adrián —susurró para sí misma.

Por la tarde, mientras preparaba su presentación, recibió una llamada inesperada. Era su antigua tía de España.

—Lucía, cariño. He sabido que sigues con ese hombre. Ten cuidado. Los secretos siempre salen a la luz.

La conversación fue corta pero dejó a Lucía intranquila. Guardó el teléfono y respiró profundamente.

Cuando Adrián regresó al penthouse por la tarde, la encontró todavía trabajando. Se detuvo en la puerta y la observó en silencio por un momento.

Lucía levantó la vista.

—¿Todo bien?

Adrián asintió.

—Solo pasaba a decirte que saldremos a las ocho. Intenta descansar un poco.

Ella aceptó con una sonrisa. Mientras lo veía alejarse, sintió que el peso de su secreto crecía cada día más.

El muro entre ellos seguía allí. Pero empezaba a tener grietas visibles. Y Lucía no sabía cuánto tiempo más podría sostenerlo.

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