La puerta doble del despacho cedió después de que dos hombres empujaran con fuerza, dejando a la vista a Enzo sentado al otro lado del imponente escritorio de roble, luciendo tranquilo y con un trago de whisky en su mano. Alzó la cabeza y fijó sus ojos sobre el hombre que entraba con el arma colgando de su brazo, como si fuera otra extensión de su cuerpo.
—Qué deprimente —soltó sarcástico— y aburrido que alguien de tu categoría se rinda de esta manera. ¿Dónde está tu socio cuando más lo necesit