Livia
Lo vi levantarse de la cama y perderse en la ducha. Todavía faltaba una hora para el amanecer y, al parecer, ya había mandado a llamar a Sergio y a los otros dos hombres que lo acompañaban.
No sabía qué iba a hacer, pero no esperaría allí a tener noticias. Bajaría con él. Lo seguí hasta la ducha; debía quitarme el olor a sexo que tenía impregnado por todo el cuerpo. Me sentía agotada y mi cuerpo pedía a gritos una tregua.
—¿Qué haces? —preguntó cuando irrumpí en la regadera.
—Ducharme.