La Reyna del Colmillo de Plata
La Reyna del Colmillo de Plata
Por: Eneri
La sombra sobre la luna

La Gran Noche del Vínculo era el acontecimiento más sagrado para la Manada Luna Carmesí.

El bosque ancestral olía a pino fresco, tierra húmeda y la abrumadora mezcla de feromonas de

docenas de lobos ansiosos por encontrar a la pareja que la Diosa de la Luna les había

destinado. Las antorchas iluminaban el claro de piedra, proyectando sombras danzantes sobre

los rostros de los miembros de la manada.

Elena apretó las manos alrededor de la tela de su vestido blanco sencillo. A sus veintiún años,

no era la loba más fuerte del clan; su linaje provenía de rastreadores humildes, y su

constitución era delgada, casi frágil en comparación con las imponentes guerreras que reían

cerca del altar. Sin embargo, en sus ojos color avellana ardía una determinación contenida. No

buscaba estatus ni títulos. Solo anhelaba un amor verdadero, alguien con quien compartir el

alma y ser protegida.

Un murmurar colectivo recorrió el claro cuando las figuras más importantes de la jerarquía

hicieron su entrada.

Ahí estaba él. Damian, el heredero al título de Alpha.

Caminaba con la gracia peligrosa de un depredador Alfa. Sus hombros anchos, su mandíbula

marcada y sus ojos amarillos como el ámbar desprendían un aura de poder sofocante. A su

lado caminaba Tatiana, una noble de linaje guerrero con una sonrisa triunfal, la mujer a quien

todos en la manada asumían que Damian tomaría como su Luna.

Elena dio un paso atrás, tratando de mimetizarse con las sombras de los robles. Sabía que no

tenía oportunidad de llamar la atención de alguien como Damian, ni lo deseaba. El heredero

era conocido por su arrogancia y su temperamento implacable.

Entonces, la luna llena alcanzó el cenit del cielo nocturno.

Un rayo de luz plateada descendió en picado, cortando la penumbra del bosque y golpeando

directamente el centro de la plaza de piedra. En ese mismo instante, un latido atronador

sacudió el pecho de Elena. Un chispazo de electricidad estática recorrió su espina dorsal, tan

violento que casi le hizo perder el aliento.

El aire a su alrededor pareció congelarse. Un aroma intenso a cedro, lluvia y sangre helada

invadió sus sentidos, envolviéndola por completo.

Su Mate.

Elena ahogó un gemido mientras el instinto de su loba interna despertó con un aullido de

euforia. Levantó la vista instintivamente, buscando el origen de esa atracción gravitacional e

inquebrantable.

A unos diez metros de distancia, Damian se detuvo en seco.

El imponente heredero cerró los ojos un segundo, apretando los puños con tal fuerza que sus

nudillos se tornaron blancos. Elena vio cómo sus fosas nasales se dilataban, captando la

fragancia dulce a vainilla y jazmín que ella desprendía. Poco a poco, la cabeza de Damian se

giró hacia el rincón sombrío donde se encontraba Elena.

Sus miradas se cruzaron.

El vínculo de la Diosa de la Luna cobró vida entre ellos como un hilo invisible de fuego. Elena

sintió el impulso irrefrenable de correr hacia él, de acurrucarse contra su pecho y reclamar su

lugar. Por una fracción de segundo, vio la sorpresa y una llama de deseo puro destellar en los

ojos dorados de Damian.

Pero la calidez duró solo un pestañeo.

La sorpresa en el rostro de Damian se transformó rápidamente en molestia, luego en

incredulidad y finalmente en un frío absoluto. Observó a Elena de arriba abajo: su vestido

modesto, sus hombros ligeramente encorvados, su estatus insignificante dentro de la manada.

Tatiana, notando la distracción del futuro Alpha, le tocó el brazo con coquetería. —¿Sucede

algo, mi Alpha? —preguntó con voz melosa, pegando su cuerpo al de él.

Damian no le respondió inmediatamente a Tatiana, pero rompió el contacto visual con Elena de

manera tajante. Sus cejas se fruncieron en una mueca de desdén.

«No te muevas. No digas una sola palabra», resonó la Voz de Alpha de Damian directamente

en la mente de Elena a través del enlace mental privado. Era un mandato implacable, frío y

amenazante. «Ve al antiguo pabellón detrás de las caballerizas. Ahora.»

El tono del mandato hizo que las rodillas de Elena temblaran. Su loba interna gimió de

confusión y dolor. ¿Por qué su compañero predestinado le hablaba con tal desprecio?

Tragándose el nudo que amenazaba con ahogarla, Elena dio media vuelta en silencio y se

deslizó fuera del claro iluminado, dejando atrás los vítores de la fiesta que comenzaba.

El antiguo pabellón de madera estaba a oscuras, solo iluminado por el débil resplandor de la

luna que se filtraba a través de las grietas del techo. Elena esperó allí durante diez minutos que

parecieron una eternidad, abrazándose a sí misma para contener los temblores que el vínculo rechazado comenzaba a causarle.

El chasquido de una rama afuera anunció su llegada.

Damian entró a la estructura con pasos pesados y furiosos. No había calidez en su rostro, solo

la sombra de un orgullo herido. Cerró la puerta de golpe detrás de él.

—Dime que es un error —dijo Damian, su voz un rugido bajo que hizo vibrar las paredes de

madera—. Dime que la Diosa no cometió la estupidez de vincularme con una loba de clase

baja como tú.

Las palabras cayeron como dagas sobre el pecho de Elena. La ilusión que había albergado

durante años sobre encontrar a su alma gemela se desmoronó en un instante.

—N-no es un error, Damian... —susurró Elena, manteniendo la frente en alto a pesar de que los

ojos le escocían por las lágrimas retenidas—. Tú lo sentiste. La atracción, el aroma... El vínculo

está ahí.

Damian soltó una carcajada amarga y dio dos pasos agigantados hacia ella, acorralándola

contra la pared de madera. La cercanía de su cuerpo encendió las brasas de la atracción en la

piel de Elena, pero la frialdad en la mirada de él congeló cualquier rastro de placer.

—¡Mírate! —siseó él, tomándola firmemente del mentón para obligarla a mirarlo a los ojos—.

Eres débil, Elena. No tienes fuerza, no tienes influencia, no tienes un linaje que aporte nada a

la Manada Luna Carmesí. En un mes asumiré el control como Alpha. Necesito una mujer

poderosa a mi lado, una guerrera que la manada respete. ¡Necesito a alguien como Tatiana, no

a una simple rastreadora!

Elena sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. El dolor del rechazo de un Mate no era

solo mental; era un dolor físico que quemaba la sangre.

—¿Entonces qué quieres de mí? —preguntó Elena, con la voz quebrada pero llena de una

repentina dignidad—. Si soy una vergüenza para ti, rompe el vínculo. Recházame oficialmente

ahora mismo frente a la manada.

Los ojos de Damian se estrecharon. La sola idea de admitir ante la manada que la Diosa le

había asignado una pareja débil dañaría su imagen impecable de líder perfecto.

—No —respondió él con frialdad—. No voy a darles de qué hablar a los ancianos del Consejo.

No haré ningún rechazo público.

—¿Qué estás diciendo? —Elena lo miró horrorizada.

—Mantendremos esto en secreto —decretó Damian, acercando su rostro al de ella, ejerciendo

toda la presión de su aura para someter la voluntad de Elena—. Nadie debe saber que la Diosa

te eligió a ti. Mañana anunciaré mi compromiso con Tatiana para asegurar la alianza con su

clan. Tú te mantendrás al margen, en las sombras.

—¿Quieres que me quede a un lado viendo cómo te casarás con otra? —las lágrimas

finalmente resbalaron por las mejillas de Elena—. ¡Es crueldad, Damian! ¡El vínculo nos

consumirá a los dos!

—Tú eres mía, Elena —dijo él en un susurro posesivo y dominante, apretando el agarre en su

mentón hasta rozar el límite del dolor—. Tu sangre, tu cuerpo y tu loba me pertenecen por

derecho divino. Cumplirás con tu deber cuando yo te lo pida en privado, pero públicamente no

eres nada para mí. Si intentas decir la verdad a alguien, me aseguraré de que tú y tu familia

sean exiliados como traidores. ¿Entendiste?

La declaración cayó con el peso de una condena. Elena lo miró a los ojos, buscando al hombre

que se suponía debía amarla y protegerla sobre todas las cosas. Solo encontró un tirano

cegado por la ambición y el ego.

—Respóndeme —ordenó él con la Voz de Alpha.

La compulsión mágica obligó a los músculos de Elena a obedecer, a pesar de la rebelión que

ardía en su interior.

—...Entendido —logró articular ella con un hilo de voz.

Damian sonrió con autosuficiencia, satisfecho con su dominio. Le soltó el rostro con

brusquedad, se acomodó la chaqueta y se giró hacia la salida sin volver a mirarla.

—Límpiate las lágrimas y regresa a tu casa por el camino trasero. No quiero que te vean

merodeando cerca de la fiesta.

La puerta se cerró tras él, dejándola sumida en la penumbra.

Elena cayó de rodillas sobre el suelo helado de madera. El dolor en su pecho era un abismo

negro, pero entre las ruinas de su corazón destrozado, algo más comenzó a germinar. La

tristeza cedió paso a una furia callada y abrasadora.

Se tocó la mejilla donde los dedos de Damian habían dejado una marca invisible de posesión.

Él creía que podía usarla, ocultarla y pisotearla a su antojo solo por ser el futuro Alpha. Creía

que ella se quedaría esperando en las sombras a que él se dignara a darle migajas de

atención.

Elena apretó los puños contra el suelo hasta que las uñas se le clavaron en la madera.

«Se equivoca», pensó, mirando hacia la luna llena que brillaba a través del tejado roto.

«Prefiero morir como una loba solitaria que ser el secreto de un monstruo.»

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