La brisa de la tarde traía consigo el aroma a pino fresco y tierra húmeda mientras la caravana
triunfal de Colmillo de Plata cruzaba las grandes puertas de roble de la fortaleza. El ambiente
que los recibió no era el de una simple guardia que regresa de una patrulla de frontera: era el
júbilo de un pueblo entero que celebraba el fin de décadas de tensión y la firma de la paz
definitiva.
Banderas de seda blanca y plata ondeaban desde los torreones más altos. A lo largo del
camino de piedra