El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la fortaleza de piedra, proyectando unmanto dorado sobre las pieles donde descansaba Elena. Por primera vez en años, despertabasin el peso abrumador del miedo o la desaprobación sobre sus hombros. El té de hierbas medicinales de Kael y, sobre todo, su presencia reconfortante, habían logrado lo imposible: la fiebre del vínculo roto había cedido, dejando en su lugar un vigor renovado y una claridad mental filosa como el cristal.Elena se levantó y se vistió con ropas limpias de cuero ajustado que encontró dobladas a lospies de la cama, pensadas para la agilidad y el combate. Al salir al patio central del refugio, elaire helado de la montaña le llenó los pulmones.En el centro del patio, rodeado por guerreros de la Manada del Colmillo de Plata queobservaban con respeto, estaba Kael.Tenía el torso desnudo, cubierto por una fina capa de sudor que hacía brillar los marcadosrelieves de sus músculos bajo el sol invernal. Mo
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