La humillación pública

El regreso al núcleo del territorio de la Manada Luna Carmesí fue como sumergirse de nuevo

en una marea de agua helada. La serenidad del bosque del norte y la huella tibia del aroma de

Kael se diluyeron a medida que Elena se adentraba en la gran plaza central. El ambiente

festivalero de la noche anterior se había transformado en una febril actividad preparatoria.

Estandartes con la luna enatecida en hilo de plata colgaban de las fachadas de piedra y

madera; los sirvientes corrían de un lado a otro transportando barriles de hidromiel, mesas

banqueteras y arreglos de flores de invierno.

Elena caminó con la vista fija en las tablas del suelo, tratando de pasar desapercibida entre el

bullicio. Sin embargo, el murmullo de la gente a su paso era ineludible.

—¿Viste cómo la miró anoche? —Dice el capitán que el Alpha Damian anunciará hoy su

elección definitiva. —Tatiana es la única opción lógica. Su familia controla las minas del este y

es la guerrera más fuerte del clan...

Elena apretó los dientes, sintiendo cómo cada susurro clavaba una aguja en la herida de su

alma. La hipocresía de la manada la ahogaba. Nadie sabía la verdad. Nadie imaginaba que la

Diosa de la Luna había unido el destino del futuro Alpha a una humilde rastreadora, ni que ese

mismo Alpha la había acorralado en las sombras para obligarla a esconderse como una

alimaña.

—¡Elena!

La voz aguda y autoritaria rompió sus pensamientos. Elena se detuvo y giró sobre sus talones

para encontrarse con la figura imponente de la anciana Martha, la matrona de los sirvientes de

la casa principal.

—Ahí estás, muchacha. Llevas toda la mañana desaparecida —reprendió la anciana,

entregándole un pesado paño de seda bordado y un recipiente de aceite perfumado—. Sube al

salón del trono de inmediato. El joven señor Damian exige que todo esté impoluto antes del

mediodía. Van a recibir a las familias nobles para la ceremonia de ratificación.

A Elena se le cortó la respiración. —¿Tengo que ser yo quien limpie el salón central, Martha?

Hay otras sirvientas...

—No discutas, Elena —la interrumpió la mujer con severidad, aunque en sus ojos había un

destello de extraña lástima—. El propio Alpha Damian dio la lista exacta del personal de

servicio para el evento de hoy. Tu nombre estaba en el primer lugar.

El corazón de Elena dio un vuelco acre y doloroso. No era una coincidencia. Damian estaba

usando su autoridad para humillarla, para recordarle cuál era su "verdadero lugar" bajo su

dominio. Quería tenerla cerca, sometida, obligada a presenciar su triunfo mientras ella servía

las copas y limpiaba el suelo a sus pies.

Tragándose el orgullo que amenazaba con hacerla explotar, Elena tomó las telas y el aceite.

—Entendido. Iré de inmediato.

El Gran Salón de la Manada Luna Carmesí era una estructura imponente sostenida por

enormes columnas de roble tallado. En el fondo, sobre un estrado de piedra negra, se alzaba el

trono del Alpha, flanqueado por los estandartes de la manada.

Cuando Elena cruzó las puertas dobles, el lugar ya estaba sembrado de murmullos. Decenas

de nobles de alto rango, ancianos del Consejo y guerreros de élite vestían sus mejores galas.

La tensión en el aire era palpadora: todos sabían que hoy no solo se celebraba la fiesta

posterior a la Luna Llena, sino la consolidación del poder de Damian.

Elena se dirigió a una de las columnas laterales, arrodillándose en el suelo para frotar la madera con el aceite, manteniendo la cabeza agachada. Intentó concentrarse en el ritmo

monótono de sus manos, en el olor a cera y barniz, en cualquier cosa que no fuera la

quemadura constante que recorría la vena de su cuello.

Entonces, el trompeteo de los cuernos de hueso resonó en la entrada principal.

—¡Abran paso al futuro Alpha Damian y a la Dama Tatiana de la Casa del Roble! —anunció el

heraldo con voz potente.

Las conversaciones cesaron de golpe. La muchedumbre abrió paso con reverencias profundas.

Damian avanzó por la alfombra roja central con paso firme, emanando la majestuosidad

abrumadora propia de un líder nato. Vestía una túnica de terciopelo negro bordada en plata y

una capa de piel de lobo blanco sobre los hombros. Su rostro, esculpido con rasgos duros y

mandíbula firme, no mostraba duda alguna. Pero a medida que avanzaba hacia el estrado, sus

ojos amarillos recorrieron el salón hasta fijarse, con una precisión quirúrgica, en la figura

arrodillada de Elena junto a la columna.

Una leve sonrisa de satisfacción cruzó los labios del heredero. Una chispa de dominio y

posesión brilló en su mirada.

A su lado, Tatiana deslumbraba. Llevaba un vestido ajustado de color carmesí que realzaba su

figura fuerte y esbelta, con brazaletes de oro cruzando sus antebrazos. Caminaba tomada del

brazo de Damian, sosteniendo la cabeza en alto con la victoria pintada en la sonrisa.

Elena apretó el paño contra el suelo hasta que le dolieron los nudillos. Su loba interna arañaba

las paredes de su mente, aullando de agonía al ver al hombre que la Diosa le había asignado

exhibirse de esa manera con otra mujer. El vínculo rechazado se convirtió en una garra de

fuego que le desgarraba el pecho, dificultándole la respiración.

Damian y Tatiana subieron al estrado. El viejo Alpha Marcus, padre de Damian, se puso de pie

desde el centro de la plataforma. La multitud guardó un silencio reverente.

—Pueblo de Luna Carmesí —comenzó el viejo Alpha con voz grave que resonó en las vigas

del techo—. Anoche, la Diosa de la Luna nos bendijo con su luz. Hoy, mi hijo Damian da el

paso definitivo para asumir el mando de nuestro territorio y asegurar el futuro de nuestro linaje.

Los aplausos y vítores resonaron en las paredes de piedra. Damian dio un paso al frente,

alzando una mano para pedir silencio. Su aura de Alpha se expandió por la sala, pesada y

sofocante, obligando a todos a mantener la atención fija en él.

—Mi gente —habló Damian, y su voz profunda pareció vibrar directamente en el pecho de los

presentes—. Un verdadero Alpha necesita a su lado a una mujer que refleje la fuerza de su

manada. Una compañera que no sea una carga, sino una espada en la batalla y una corona en

la paz.

Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. «Una carga». Las palabras de Damian

no eran accidentales; eran un dardo directo dirigido a ella, un mensaje velado para recordarle

por qué la había apartado en la oscuridad de la noche anterior.

Damian se giró hacia Tatiana y le tomó la mano derecha, alzándola ante el Consejo.

—Por eso, hoy anuncio oficialmente mi compromiso con Tatiana de la Casa del Roble

—proclamó Damian a pleno pulmón—. Ella será la Luna que gobernarán a mi lado, la mujer

que llevará a nuestra manada a la gloria.

El salón estalló en aclamaciones eufóricas. Los guerreros golpearon las empuñaduras de sus

espadas contra los escudos, los nobles aplaudieron con entusiasmo y Tatiana se inclinó hacia

Damian, estampando un beso apasionado en sus labios justo frente al trono.

En ese preciso instante, algo dentro de Elena se rompió para siempre.

No fue una ruptura metafórica; fue una conmoción física y espiritual desgarradora. El lazo del

Mate, burlado, traicionado y pisoteado en público, reaccionó al acto de infidelidad de Damian.

Una descarga de dolor agudo, como una daga al rojo vivo atravesando su corazón, hizo que Elena soltara un gemido ahogado y cayera de manos y rodillas sobre la madera pulida.

El recipiente de aceite perfumado se volcó, derramando su contenido con un estruendo

metálico que resonó en un breve lapso de silencio entre los vítores.

Algunos nobles cercanos se giraron a mirarla con disgusto. —Torpe rastreadora... —¿Quién

dejó entrar a esa clase de sirvientas en una ceremonia tan importante?

Desde el estrado, Damian congeló su sonrisa. Sintió el tirón violento del vínculo roto en sus

propias entrañas, un latigazo de dolor seco que casi lo hace perder el equilibrio. Sus ojos se

abrieron con sorpresa y una sombra de rabia cruzó su rostro al ver a Elena colapsada en el

suelo, atrayendo la atención.

«¡Cállate y levántate!», resonó la Voz de Alpha de Damian en la mente de Elena, cargada de

una furia imperiosa y dominante. «¡No arruines mi momento! ¡Ponte de pie e ignora el dolor!»

La compulsión mágica intentó aplastar la voluntad de Elena, obligándola a obedecer, a ponerse

de pie y sonreír mientras su alma se desangraba.

Pero esta vez fue diferente.

El dolor insoportable de la traición no la convirtió en una víctima obediente. En lugar de

someterse, la crueldad de Damian alimentó una chispa de rabia antigua y pura que dormía en

el fondo de la loba de Elena. Su loba, cansada de ser humillada, enseñó los colmillos en el

plano espiritual.

Elena alzó la vista lentamente.

A través del espacio que la separaba del estrado, sus ojos avellana se clavaron en los de

Damian. Ya no había lágrimas en su rostro. No había ruego ni súplica. Solo había un frío

ardiente, un rechazo absoluto que hizo que Damian diera un paso atrás de forma involuntaria,

impactado por la intensidad del odio silenciador que vio en la mirada de su supuesta

compañera.

Elena bloqueó el enlace mental entre ambos de un golpetazo seco, cortando la Voz de Alpha

de Damian en seco.

El futuro Alpha ahogó un jadeo cuando la conexión se cerró violentamente, dejándolo ciego

ante las emociones de ella por primera vez. Un destello de pánico cruzó sus ojos dorados: no

esperaba que una loba de rango bajo tuviera la fuerza mental para rechazar su mandato.

Sin decir una sola palabra, sin inclinar la cabeza y ante la mirada desconcertada de los nobles

que la rodeaban, Elena se puso de pie. Se limpió las manos manchadas de aceite en la falda

de su vestido y dio media vuelta.

Caminó hacia las grandes puertas del salón con la espalda recta, la barbilla en alto y un paso

firme y cadencioso que desafiaba toda la jerarquía de la estancia. No miró atrás ni una sola

vez, ignorando los murmullos de la multitud y la mirada atónita de Damian que la seguía desde

el altar.

Al cruzar el umbral del palacio y salir al aire fresco del mediodía, Elena respiró hondo. El dolor

en su pecho seguía ahí, sangrante y voraz, pero la cadena de la obediencia se había roto.

Ya no había espacio para la duda. La Manada Luna Carmesí ya no era su hogar, y Damian

jamás sería su dueño.

Tomó la pequeña mochila que había escondido temprano entre los arbustos del jardín trasero y

se adentró en el bosque a paso rápido, dirigiéndose hacia el único lugar donde la sombra del futuro Alpha no pudiera alcanzarla: la frontera norte.

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