Mundo ficciónIniciar sesiónEl bosque ya no era un refugio pacífico; era una trampa de sombras y raíces traicioneras. La
noche había caído sobre las montañas del norte, cubriendo la espesura con un manto denso y sin estrellas. El aire se volvía cada vez más gélido, pero el sudor frío cubría la frente de Elena mientras corría sin descanso, saltando sobre rocas resbaladizas y esquivando ramas bajas que desgarraban la tela de su ropa. Su pecho ardía. Cada respiración profunda se sentía como inhalar cristales rotos. La ruptura del vínculo de Mate que había forzado en el salón del trono estaba cobrando un precio físico devastador: su temperatura corporal oscilaba de forma errática y las fuerzas de su loba decaían a cada segundo. Y lo peor no era el dolor interior. Lo peor era el sonido que retumbaba a sus espaldas. A lo lejos, los aullidos de los sabuesos de caza de la Manada Luna Carmesí rasgaban la calma de la noche. —¡Búsquenla! —la voz lejana de un capitán de guardia resonó entre los árboles—. ¡El Alpha Damian la quiere viva! ¡Nadie toca a la rastreadora sin su orden! Damian no había tardado en reaccionar. Descubrir que Elena había roto la conexión mental y abandonado el territorio sin su permiso había herido su orgullo de una forma imperdonable. Para un Alpha dominante, que una loba de rango bajo desafiara su mando en el día de su compromiso era una afrenta que requería sumisión inmediata. No la buscaba para perdonarla; la buscaba para encadenarla y demostrar quién mandaba. Elena tropezó con una raíz oculta y rodó por una pendiente de musgo, chocando contra el tronco de un viejo pino. Soltó un gemido de dolor, apoyando las manos en el suelo húmedo mientras intentaba recuperar el aliento. «No puedo volver», se dijo a sí misma, apretando los dientes con desesperación. «Si me atraparán, me encerrará en las mazmorras hasta que ceda a su Voz de Alpha. Prefiero la muerte». Un crujido pesado sonó a menos de cincuenta metros cuesta arriba. Dos sombras enormes, de pelaje gris y ojos rojos por el frenesí de la cacería, emergieron de la penumbra. Eran los lobos de élite de Damian, rastreadores entrenados para despedazar a los traidores. Al ver a Elena tendida contra el árbol, los dos lobos soltaron un gruñido gutural y aceleraron el paso, enseñando colmillos afilados que goteaban saliva. Elena intentó ponerse de pie, pero sus piernas, exhaustas y debilitadas por la ruptura del lazo espiritual, no respondieron. Su mano buscó torpemente la empuñadura de su daga en el muslo. Estaba acorralada. —Que la Diosa me perdone... —susurró, alzando el arma de plata con manos temblorosas, dispuesta a luchar hasta su último aliento. Los lobos saltaron al mismo tiempo, cortando la distancia en un pestañeo. Pero antes de que las fauces del primer atacante pudieran tocarla, una sombra aún más grande y rápida cruzó el aire como un rayo de oscuridad. El impacto fue brutal. Un enorme lobo de pelaje plateado y negro, casi del doble del tamaño de los cazadores normales, embistió al primer atacante a mitad del aire, estrellándolo contra una roca con un crujido sordo. Sin perder un milisegundo, el lobo gigante giró sobre su eje, lanzando una dentellada feroz que atrapó el cuello del segundo perseguidor, sometiéndolo contra el suelo con una fuerza aplastante que hizo retumbar la tierra. Elena ahogó un grito, cubriéndose el rostro con los brazos por el impacto de la escena. El lobo gigante no mató a los guardias; con una presión medida y dominante, los desarmó emocionalmente, obligándolos a llorar como cachorros sumisos bajo el aura aplastante de un poder superior. Con un último rugido que hizo temblar las hojas de los árboles, el imponente depredador liberó a los dos rastreadores de Luna Carmesí, quienes, aterrorizados y heridos en su orgullo, dieron media vuelta y huyeron hacia el sur a toda velocidad. El silencio volvió a adueñarse del bosque. El enorme lobo de pelaje plateado se giró lentamente hacia Elena. Sus ojos, de un azul grisáceo brillante y magnético, brillaban en la oscuridad. Elena contuvo el aliento. —¿Kael...? —susurró. El lobo dio un par de pasos hacia las sombras detrás de un roble grueso. Un segundo después, se escuchó el crujido de huesos reorganizándose y el sonido de tela al ajustarse. Kael salió de entre los árboles en su forma humana, vistiendo una túnica de viaje oscura. Avanzó con prisa pero sin brusquedad, arrodillándose de inmediato frente a Elena. El aroma a roble, nieve y tormenta envolvió el aire de inmediato, haciendo que la mente mareada de Elena encontrara un ancla instantánea. —Llegas justo a tiempo... —trató de bromear Elena, pero la voz se le quebró cuando una nueva ola de dolor cruzó su pecho. Kael no sonrió. En su rostro no había rastro de la serenidad divertida de la mañana; sus facciones duras reflejaban una preocupación genuina y una rabia contenida al notar la palidez extrema de la joven y las marcas de desgaste en su aura. —Estás sangrando por dentro, Elena —dijo él con voz grave y llena de emoción. Sin pedir permiso, pero con una delicadeza infinita, pasó un brazo por detrás de la espalda de Elena y otro bajo sus rodillas, alzándola en brazos como si no pesara nada. —Puedo caminar... —protestó ella débilmente, aunque apoyó la cabeza contra el hombro de Kael de forma involuntaria. La calidez del cuerpo del Alpha era un bálsamo contra el frío mortal que sentía. —No, no puedes —repuso Kael con firmeza mientras comenzaba a caminar con pasos rápidos y seguros en dirección al norte, adentrándose en el territorio neutral—. Rompiste el vínculo de Mate de forma violenta. Si sigues esforzándote, tu propia loba colapsará por el rechazo. Elena abrió los ojos con sorpresa, mirando el perfil esculpido de Kael bajo la luz de la luna. —¿Cómo supiste...? —El aire no miente, Elena —contestó Kael, apretándola un poco más contra su pecho para protegerla del viento helado—. Cuando vi a los sabuesos de Damian en la frontera, supe que algo terrible había pasado. Nadie persigue a un miembro de su propia manada con esa crueldad a menos que busque destruir su voluntad. Elena cerró los ojos, sintiendo lágrimas de impotencia resbalar por sus mejillas. —Me utilizó, Kael. Anunció su compromiso con otra mujer frente a todos... mientras pretendía tenerme como su amante secreta en las sombras. Me exigió obediencia usando su Voz de Alpha... Sentida a través de la tela de su ropa, la postura de Kael se volvió rígida como el acero. Un gruñido bajo y peligroso retumbó en lo profundo de su garganta, un sonido tan oscuro que hizo que la vegetación a su alrededor pareciera estremecerse. —Un cobarde que viste la piel de un Alpha —siseó Kael, con los ojos azules centelleando con una furia helada—. Un verdadero líder protege el corazón de su pareja, no lo utiliza como peldaño para su ego. No te preocupes más, Elena. Ya estás fuera de sus dominios. Tras media hora de marcha rápida, cruzaron un arroyo caudaloso que marcaba el límite de un territorio oculto entre las montañas. Frente a ellos apareció un refugio de piedra y madera ancestral, rodeado por tótems tallados con la figura de un colmillo plateado. Kael empujó la pesada puerta de madera y llevó a Elena directamente hacia el interior. Una chimenea de piedra mantenía el ambiente cálido y acogedor, olía a leña seca y hierbas aromáticas. Colocó a Elena con extremo cuidado sobre una cama cubierta con pieles de oso suaves y limpias. Elena intentó incorporarse, pero un mareo repentino la hizo tambalearse. —Mi cabeza... —Quédate quieta —le ordenó Kael, pero su tono no llevaba la compulsión dominante de la Voz de Alpha; era una petición suave, impregnada de un cuidado sincero. Kael se dirigió a una mesa de madera, tomó un cuenco de barro y sirvió un té caliente preparado con raíces medicinales. Regresó a su lado, se sentó en el borde de la cama y le sostuvo el recipiente cerca de los labios. —Bebe esto. Ayudará a calmar la fiebre espiritual que causa la ruptura del lazo. Elena tomó pequeños sorbos. El líquido tibio y ligeramente amargo descendió por su garganta, expandiendo un calor gratificante por su pecho. Poco a poco, los temblores de su cuerpo comenzaron a cesar. Cuando terminó, Kael dejó el cuenco a un lado y la miró fijamente. Se tomó un momento para observar las pequeñas heridas en los brazos de Elena y el cansancio marcado en su rostro, pero sobre todo, apreció la llama de dignidad que aún brillaba en sus ojos avellana. —No tienes que temer aquí —dijo Kael, extendiendo una mano de manera vacilante para apartar un mechón de cabello rebelde de la frente de Elena. Sus dedos rozaron su piel con una suavidad que hizo que a Elena se le cortara el aliento—. Este es el territorio neutral de la Manada del Colmillo de Plata. Ningún rastreador de Damian cruzará estas piedras sin declarar una guerra abierta contra mi clan. Y te prometo que no dudaré en defenderte. Elena lo miró, impactada por la absoluta convicción de sus palabras. —¿Por qué haces esto por mí, Kael? Apenas me conoces... Soy una desconocida, una fugitiva de la manada más poderosa de la región. Si me proteges, Damian buscará venganza. Kael esbozó una sonrisa franca, llena de una fuerza serena que infundió un coraje renovado en el corazón de la joven. —Te protejo porque vi a una loba con el coraje suficiente para romper sus propias cadenas en lugar de vivir una mentira —respondió Kael, mirándola a los ojos con una intensidad que hizo latir el corazón de Elena a un ritmo completamente diferente—. Te protejo porque ningún alma noble merece ser pisoteada por la arrogancia de un tirano. Y porque, desde el primer segundo en que te vi en esa frontera, supe que tu lugar no era en la sombra de nadie. Las palabras de Kael no eran promesas vacías ni manipulaciones para someterla. Eran el reconocimiento sincero de su valía como ser humano y como loba. Por primera vez en su vida, Elena sintió que alguien la miraba no por su rango o su utilidad, sino por lo que realmente era. Un calor dulce y sanador empezó a reemplazar el vacío helado que el rechazo de Damian había dejado en sus venas. —Gracias, Kael... —susurró ella, sintiendo cómo el cansancio finalmente ganaba la batalla contra su cuerpo. —Descansa, Elena —dijo él, acomodándole las pieles sobre los hombros mientras se ponía de pie para velar junto a la puerta—. Mañana empieza una nueva historia. Elena cerró los ojos y, por primera vez en semanas, se durmió sintiéndose completamente segura, mecida por el reconfortante aroma a roble y nieve que llenaba la habitación.






