Mientras la paz de la montaña envolvía la fortaleza del Colmillo de Plata, a kilómetros de allí, la sede de la Manada Luna Carmesí se desmoronaba en un caos silencioso.
En la gran sala de mapas, los sirvientes caminaban pegados a las paredes, aterrorizados. Los muebles de roble estaban reducidos a astillas y las jarras de plata yacían abolladas en el suelo.
Damian, con la camisa entreabierta y el cabello castaño revuelto, paseaba como una fiera
enjaulada.
El dolor que había sentido en el pe