La primera vez que me di cuenta de que Zane iba a perder, no estaba gritando, ni tramando estrategias, ni culpando a Lily. Hablaba de ella como si todavía le perteneciera.
La sala de castigo olía a lejía y a vieja arrogancia, y la luz fluorescente sobre la mesa metálica parpadeaba de una manera que, en circunstancias normales, le habría irritado. A Zane le gustaba el control. La precisión. La estética. Ahora parecía desaliñado, no derrotado, solo incómodo.
—Se están pasando de la raya —dijo en