La mañana después de la publicación del blog, me desperté con una avalancha de notificaciones. Mi teléfono vibraba sin cesar, con alertas de medios de comunicación, mensajes privados y pistas anónimas. El titular que había publicado —el que cuestionaba la cronología de Lily— ya había empezado a circular en rumores y foros financieros. No era explosivo, pero sí suficiente para sembrar dudas. Me recosté en la cama, revisando los mensajes con calma deliberada. No estaba ansiosa. Estaba calculando.