Sabía que algo andaba mal antes de saber qué era.
Era el silencio.
No el silencio habitual que había reinado en la casa estas últimas semanas —ese que nace de la contención y la distancia—, sino un silencio más profundo. El sistema de seguridad lo detectó primero. Un leve pitido en la esquina del monitor de mi estudio. Contenido cifrado. Archivo multimedia. Remitente desconocido.
La notificación habría sido rutinaria si no hubiera pasado por el número de Lily.
Habíamos reforzado la vigilancia d