Supe en el instante en que vi cómo me miraba que algo había cambiado.
No en la casa.
En él.
Alice estaba en la alfombra entre nosotros, reorganizando con vehemencia una cesta de animales de madera como si el orden alfabético la hubiera traicionado personalmente. La luz del atardecer entraba por las ventanas del ala este, cálida y casi apacible.
Casi.
Ace estaba de pie junto a la chimenea, con las manos en los bolsillos. Sin estar a la defensiva. Sin intimidar.
Esperando.
Le había pedido que me