Regresé a la habitación del hospital y el aire se sentía diferente. El olor a antiséptico ya no me hacía sentir pequeña, ya no me recordaba todas las veces que había estado sentada allí esperando respuestas que no recibí. Había llorado, gritado, suplicado y me había explicado tantas veces que pensé que mi voz se había desgastado. Pero hoy… hoy, no tenía que explicarle nada a nadie.
Alice dormía en su cuna, con sus pequeños puños apretados contra el pecho. Su respiración era constante, rítmica.