En cuanto entré en el ala administrativa del hospital, sentí cómo cambiaba la tensión. No era yo; nunca me habían visto así. Tranquila. Concentrada. Intimidante. Ahora ejercía mi autoridad con serenidad, sin necesidad de alzar la voz. Mi pulso era firme. Mis manos no temblaban. Tenía una misión, y nada podía desviarla.
Entregué los formularios que había rellenado, cada uno preciso, cada uno meticulosamente. El nombre de Ace figuraba en ellos, sí, pero solo como verificación. Los expedientes se