Tenía el nombre de la enfermera y una vaga idea de dónde podría estar. No era mucho, pero era suficiente. Cada paso que daba hacia ella era deliberado, cada uno medido, cada respiración controlada. No podía permitirme ser descuidada. Esto ya no se trataba solo de mí; se trataba de Alice, la hija que me habían arrebatado y ocultado tras mentiras y papeleo.
Encontré el pequeño edificio de apartamentos escondido en una calle tranquila de Manhattan. Era discreto, casi como si no quisiera llamar la