Los archivos en mis manos eran la prueba de un crimen que me había atormentado durante tres años. No solo un crimen contra mí, sino contra la vida que había llevado, criado y que me vi obligada a abandonar en mi mente. El certificado de nacimiento de Alice, el acta de defunción falsificada, la confesión de Sophie: todo apilado ordenadamente, frío e implacable, esperando a que alguien lo viera y comprendiera la magnitud de la traición.
Ace me observaba desde el otro lado de la habitación, con la