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Indiferente al alboroto que seguía llegando desde la plaza, donde los ánimos no mostraban trazas de calmarse, ayudé a Risa a beber la mitad del té sedante, hasta que se atragantó y comenzó a toser. Advertí con un escalofrío las gotas de sangre mezcladas en su saliva. Hazel las vio también y me presionó el hombro para que me abriera.

—No podemos esperar a que se duerma, Mael —dijo con acento perentorio—. Está sangrando por dentro. Necesitamos aplicarle compresas frías para cortar la hem

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