—¿Ya despertaste? —Hiram curvó los labios con malicia—. Si despertaste, levántate y acompáñame a cenar.
Ni hablar de acompañarlo.
Sylvia permaneció sentada, fingiendo estupidez. No pasaron ni unos segundos cuando Hiram la agarró del brazo de repente.
Al instante siguiente, quedó colgada boca abajo sobre uno de sus hombros; Hiram simplemente la cargó así y la sacó de la habitación.
Sylvia quedó atónita. ¿Qué clase de hombre era este?
Con la cabeza hacia abajo, la sangre le subió al rostro y se sintió muy incómoda.
Tras pensarlo un momento, decidió hacerse la loca de verdad: sonrió tontamente mientras se retorcía, intentando soltarse.
—¡Paf! —Hiram le dio una palmada en las nalgas, redondeadas y firmes; su voz, perversamente seductora—. Que una mujer se mueva sobre un hombre es una insinuación. No me importa si eres una enferma mental.
Su gran mano estaba ardiente; aquel golpe fue más provocación que dolor.
Ese hombre era realmente perverso.
Al recordar lo que había dicho en el coche, a