—Señor Hiram, permítame una oportunidad para redimirme; volveré a buscarle otra mujer —dijo Martin, girándose desde el asiento del copiloto para mirar a Hiram en la parte trasera.
Hiram se sentó en el centro del asiento trasero con aire indolente, las largas piernas cruzadas. Su rostro apuesto, aun sin mostrar ira, irradiaba una severidad intimidante—. No vuelvas a traerme basura como la de esta noche. Esa mujer era demasiado afectada.
Sylvia, encogida en el maletero, no se atrevió a moverse ni un milímetro.
—Esta vez encontraré a alguien que le satisfaga —respondió Martin con cautela, observando el semblante de Hiram—. Señor Hiram, ¿tiene alguna preferencia especial? ¿Alguien dulce, con buen cuerpo, o quizá apasionada?
Al oírlo, Hiram ladeó el rostro y lanzó una mirada hacia la dirección del maletero. Una sombra oscura cruzó sus ojos—. Quiero a una mujer con problemas mentales.
—¿Ah? —Martin se quedó atónito.
Sylvia abrió los ojos de par en par. Aquel gusto era realmente peculiar. ¿A