Su mano libre, inmensa y cálida, descendió por mi costado, recorriendo la pronunciada curva de mi cadera bajo los jirones destrozados del vestido de seda. Sus dedos largos, ásperos y llenos de callosidades de la forja y la espada, agarraron la carne de mis muslos con una posesividad brutal que me hizo arquear la espina dorsal como un felino, buscando instintivamente más fricción.
—Por favor... Bjorn... —suspiré en voz alta, un sonido jadeante y roto que hizo eco en las paredes altas, mientras m