El aire del laboratorio era un torbellino de poderes que chocaban entre sí. Mi zumbido, la frecuencia de la Manada del Lobo Plateado, una canción de hogar y desafío, era una luz dorada que pulsaba y empujaba contra el blanco frío y estéril del dominio de Vigo. El aullido de Seraphina, una nota más alta y pura, la de una princesa reclamando su derecho de nacimiento, se entrelazó con el mío, creando un acorde de poder espiritual tan crudo que el aire mismo parecía crepitar.
Vigo permanecía congela