Franco la esperaba en el pabellón, de pie junto a la mesa donde los planos del depósito de Mareterra seguían extendidos.
Tenía los brazos cruzados y la postura de alguien que llevaba demasiado tiempo en el mismo lugar, calculando cuándo iba a empezar una conversación que todavía no sabía cómo ordenar. No parecía cansado, al menos no de una forma evidente, pero Adriana ya había aprendido que Franco mostraba el agotamiento como mostraba casi todo: reduciéndolo a líneas mínimas, a una tensión más m