La galería de Lorenzo Bellini tenía exactamente la temperatura que Mónaco fingía tener.
No la del dinero exhibido, sino la del dinero que ya no necesita exhibirse. Paredes blancas, luz natural filtrada, silencio caro que no era vacío sino curaduría. Lorenzo había dispuesto tres sillas en lugar de dos alrededor de la mesa de trabajo, y ese detalle —tan pequeño, tan calculado en apariencia, tan natural en la realidad— fue lo que hizo a Adriana entender que había algo distinto en él antes de que em