La noche en el refugio alto no avanzaba.
Se acumulaba.
El humo seguía en la ropa, en el pelo, en la garganta, como si Fontvieille se negara a aceptar que ya no existía para ellos en la misma forma. Abajo, Mónaco brillaba con esa obscenidad impecable que solo las ciudades muy caras sostienen después de una catástrofe: como si nada hubiera ardido, como si ninguna ambulancia falsa hubiera subido con una mujer viva adentro, como si el puerto no guardara también rutas robadas, pruebas y cuerpos admin