El primer vidrio estalló antes de que Damián terminara de guardar la tercera carpeta.
No hubo advertencia. Ni pasos. Ni una sombra mal calculada en la ventana ni ese margen previo en que la intuición alcanza a organizarse como alarma. Solo el estallido seco de una cristalería lateral y, enseguida, el golpe de algo pesado contra la pared del pasillo. Un segundo después llegó el olor.
No a pólvora.
A combustible.
Franco ya estaba de pie cuando la segunda detonación reventó la puerta del cuarto de