Capítulo 5: Las reglas del cautiverio

Las reglas eran cinco.

Franco las enunció de pie, con las manos en los bolsillos y la misma economía de movimiento con que hacía todo lo demás, como si hubiera una versión más larga que ya había descartado antes de que ella entrara en la sala.

Primera: el piso de arriba era suyo. El de abajo, de uso común durante horas establecidas. La planta de operaciones, nunca.

Segunda: podía pedir lo que necesitara a Damián entre las siete y las veintidós horas. Fuera de ese margen, la petición esperaba.

Tercera: ningún dispositivo con conexión exterior. Si necesitaba comunicarse con alguien, lo discutirían caso por caso.

Cuarta: las salidas del edificio requerían su presencia o la de Damián. No había salidas sin compañía.

Quinta: si intentaba escapar, él no la detendría con violencia.

Adriana esperó.

—¿Y si intento escapar? —dijo.

—Le acabo de decir que no la detendré con violencia.

—Me dijo cómo no lo hará. No me dijo cómo procederá si lo hago.

Franco inclinó levemente la cabeza, como si la pregunta mereciera el reconocimiento mínimo de haber sido bien construida.

—La dejaré llegar a la calle —dijo—. Y entonces usted decidirá adónde va. A la policía, donde tendrá que explicar por qué no llamó en las últimas horas y por qué su familia no presentó denuncia. A su casa, donde Beatrice tendrá un médico esperando antes de que cruce la puerta. O a ningún sitio en particular, que es lo que hace la gente cuando entiende que todos los caminos que conoce llevan al mismo lugar.

Lo dijo sin crueldad. Con la misma temperatura plana con que había enunciado los horarios y los pisos, como si fuera simplemente otro punto de la lista.

Adriana procesó cada opción. Las tres tenían la estructura de trampas construidas mucho antes de que ella llegara a esta sala, lo cual significaba que no eran amenazas improvisadas sino arquitectura preparada. Eso era, de alguna forma retorcida, más tranquilizador que la alternativa: Franco no improvisaba, y un hombre que no improvisa era un hombre cuyos movimientos podían, eventualmente, mapearse.

—De acuerdo —dijo.

Subió al segundo piso sin pedir que la acompañaran.

La habitación era austera de la misma forma que el resto del edificio: funcional sin ser hostil, con una ventana que sí abría —Franco no había mentido— y que daba a un patio interior donde dos hombres hacían una ronda perimetral con la regularidad de un mecanismo. Cuatro metros al suelo. Adriana los midió con la vista y los descartó no porque fueran imposibles sino porque no eran el borde correcto que probar esta noche.

El armario tenía ropa. Prendas básicas, talla aproximadamente correcta, sin etiquetas de tienda: compradas específicamente para esto, lo cual significaba que el secuestro llevaba tiempo siendo un plan concreto y no una decisión de la semana anterior. Eso ya lo sabía desde el cap. 16 —o lo sabría, si Franco se lo confirmaba— pero verlo materializado en una hilera de camisas dobladas tenía un peso distinto al de la información abstracta.

Entre la ropa encontró algo que no encajaba.

Era un pañuelo. De seda, color crema, con un monograma bordado en la esquina que no era ni una A ni una F: era una B pequeña y cursiva, del tipo que las mujeres de cierta educación bordaban en sus cosas sin que se lo pidiera nadie. Había estado en ese cajón antes que ella. Pertenecía a alguien que conocía este armario con suficiente familiaridad para dejar un objeto personal dentro.

Adriana lo sostuvo un momento. Lo devolvió exactamente donde lo había encontrado.

Archivó la B sin nombre de momento.

Durmió cuatro horas. No por tranquilidad sino por disciplina: el cuerpo cansado era un cuerpo que cometía errores, y los errores en este espacio tendrían un costo que todavía no podía calcular del todo.

A las siete en punto llamó a la puerta Damián, que era más joven de lo que parecía de espaldas —veinticinco, quizás, con cara de haber aprendido la lealtad antes que cualquier otra cosa— y que dejó el desayuno en la mesita del pasillo sin entrar en la habitación.

—¿Tiene periódico? —preguntó Adriana.

—No en papel.

—¿Acceso a noticias locales?

Damián la miró con la expresión de alguien que ha recibido instrucciones precisas sobre exactamente este tipo de pregunta.

—Puedo preguntarle al señor Zanetti.

—Pregúntele —dijo Adriana.

Lo hizo. Y veinte minutos después Franco subió en persona, lo cual no era lo que ella había calculado: esperaba una respuesta por intermediario, un sí o un no que revelara algo sobre los límites del sistema de información. En cambio llegó él, con el teléfono en la mano y una expresión que era neutral de una forma demasiado sostenida para ser accidental.

Le mostró la pantalla.

Era la página de sociedad de un medio monegasco de segunda fila, el tipo que publicaba columnas de rumores con la cobertura de notas de agenda. El titular era discreto, casi clínico: La heredera De la Vega se toma un tiempo de descanso tras el anuncio del compromiso. Fuentes familiares confirman que se encuentra bien.

Fuentes familiares.

Adriana leyó el párrafo completo. Beatrice había dado la declaración — las fuentes familiares siempre eran Beatrice — y había elegido cada palabra con la precisión de quien sabe que las palabras son instrumentos legales antes que comunicación: tiempo de descanso, decisión personal, proceso privado. No había mención a búsqueda. No había mención a preocupación. No había nada que obligara a ninguna institución a moverse.

Devolvió el teléfono.

—¿Cuándo lo publicaron?

—Esta mañana a las seis. —Franco guardó el teléfono—. Antes de que usted se despertara.

Lo cual significaba que la declaración había sido preparada anoche, probablemente mientras Adriana estaba siendo trasladada hacia Fontvieille, posiblemente mientras el champán de la gala todavía estaba frío. El comunicado no era una reacción a su desaparición: era parte de la misma operación, solo que ejecutada desde el bando contrario.

—Su padre —dijo Franco, y lo dijo sin énfasis especial, con la misma temperatura de los hechos documentales— sabe dónde está usted desde las dos de la madrugada.

Adriana levantó la vista.

—Uno de los chóferes trabaja para ambos lados desde hace tres años —continuó—. Es un canal que yo mantengo abierto deliberadamente porque la información que entra también puede controlarse. Tomás sabe que está en Fontvieille. Sabe que está bien. Y ha elegido publicar eso. —Señaló el teléfono guardado en su bolsillo—. En lugar de llamar a nadie que no pueda controlar.

El desayuno en la mesita del pasillo había dejado de tener temperatura hace varios minutos.

Adriana se levantó. Caminó hasta la ventana y miró el patio sin ver los hombres del perímetro, sin ver los cuatro metros al suelo, sin ver nada en particular. Estaba mirando la mecánica de algo que llevaba años funcionando a su alrededor sin que ella hubiera tenido el ángulo correcto para verlo.

Fuentes familiares confirman que se encuentra bien.

Su padre sabía dónde estaba. Y la respuesta de su padre había sido redactar un comunicado de prensa.

—¿Por qué me lo dice? —dijo, sin girarse.

—Porque —dijo Franco, desde el centro de la habitación, con esa quietud que empezaba a reconocer como su estado natural— si usted sigue creyendo que la están buscando, no tiene ningún incentivo para escucharme. Y si no me escucha, ambos perdemos tiempo que ninguno tiene.

Era una respuesta honesta sobre una razón táctica. No era bondad. Pero era la clase de honestidad que resultaba más difícil de rechazar que cualquier amabilidad calculada.

Adriana se giró.

Franco estaba a tres metros de ella, que era la distancia que siempre mantenía, que era también la distancia exacta en que la proximidad empezaba a ser algo que requería gestionarse.

—Las reglas —dijo ella— son cinco.

—Sí.

—Quiero una sexta.

Franco esperó.

—Información simétrica —dijo Adriana—. Si usted sabe algo que afecta directamente a mi seguridad o a la de mi madre, me lo dice. Sin plazos estratégicos. Sin entregar las piezas en el orden que más le conviene a usted.

El silencio duró lo suficiente para tener peso.

—Eso —dijo Franco— dependerá de lo que usted haga con la información.

—Eso —dijo Adriana— dependerá de lo que usted me dé razones para hacer.

No era una amenaza. Era una negociación, la primera real entre ellos, y ambos lo sabían porque ambos habían estado en suficientes salas con suficiente gente poderosa para reconocer el momento en que los términos dejaban de ser impuestos y empezaban a ser construidos.

Franco asintió. Una vez. Mínimo.

—Desayune —dijo—. Esta tarde hay cosas que necesita ver.

Salió. Cerró la puerta sin llave — la cuarta regla no requería llave, requería la arquitectura de las opciones — y Adriana se quedó sola con el desayuno frío y el pañuelo de seda en el cajón del armario y el titular de Beatrice repitiéndose en algún lugar detrás de los ojos.

Se encuentra bien.

Sí, pensó. Eso era exactamente el problema.

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