Tomás de la Vega habló a las seis y cuatro minutos.
No llegó tarde. Llegó cuatro minutos después de la hora exacta que había anunciado, que era el margen perfecto para que el silencio previo trabajara por él. La sala de la Fundación Costera de Mónaco tenía capacidad para ochenta personas; había ciento doce, contando fotógrafos y tres corresponsales internacionales que la oficina de Robles había convocado con suficiente antelación para que el escándalo tuviera distribución europea antes de la me