La tarde llegó con una carpeta.
Franco la dejó sobre la mesa de la sala común sin preámbulo, con el mismo gesto con que la noche anterior había dejado los documentos Zanetti: un depósito de información, no una invitación a la conversación. Adriana estaba de pie junto a la ventana con la persiana entornada, mirando el ángulo de luz industrial que era lo único visible desde ese lado del edificio, y no se movió de inmediato.
Había aprendido a no moverse enseguida. Era la única forma de no revelar