La tarde llegó con una carpeta.
Franco la dejó sobre la mesa de la sala común sin preámbulo. Adriana estaba de pie junto a la ventana, con la persiana entornada, mirando el rectángulo de luz industrial que el patio devolvía al vidrio.
No se movió enseguida.
Había empezado a aprender eso en Fontvieille: no moverse de inmediato. Era la forma más limpia de no revelar qué le importaba.
—Siéntese cuando quiera —dijo Franco.
Se sentó. Abrió la carpeta.
Había tres páginas impresas. Tres recortes distin