La sala estaba en silencio cuando Franco se levantó de la silla.
No con brusquedad. Con la lentitud de alguien que ha tomado una decisión mientras todavía estaba sentado y ahora simplemente la ejecuta.
Adriana lo siguió con la vista.
El proceso estaba firmado. Damián había salido. La tarde de Mónaco seguía al otro lado de la ventana con su luz oblicua de otoño. No había nada que resolver en ese momento. No había una operación pendiente, no había un plazo inmediato, no había ninguna razón externa