El expediente no tenía nombre en la portada.
Solo un número de registro, una fecha y el sello de una institución que ya no existía bajo ese nombre porque había cambiado de dependencia tres veces en diez años: suficientes cambios para volver casi invisible cualquier trámite que hubiera pasado por ella.
Franco lo dejó sobre la mesa sin abrirlo todavía.
Beatrice estaba al fondo de la sala, con la espalda recta y las manos cruzadas, con la actitud de alguien que ha venido a escuchar porque ya sabe l