El hotel estaba en el boulevard del puerto, tres niveles de piedra clara y ventanales discretos, con esa clase de elegancia que Mónaco usaba para recordarle a cualquiera que pudiera pagarla que la calma también era un privilegio.
Damián condujo.
Franco y Adriana iban en el asiento trasero, sin la distancia que antes habrían puesto entre los dos como una posición táctica. No fue una decisión. No hubo un acuerdo, ni una mirada previa, ni una corrección del espacio. Simplemente, el auto no admitía