**Punto de vista de Aria**
La solté con un empujón. Tropezó hacia atrás, aferrándose la muñeca, el rostro blanco de conmoción y furia.
—Pero escúchame bien —le dije, con una voz mortalmente calmada—. Las mismas manos que acaban de salvarle la vida podrían encontrar con la misma facilidad la arteria de tu cuello. Recuérdalo.
Se quedó sin palabras, la boca abriéndose y cerrándose sin emitir sonido.
En la cama, Don Salazar levantó una mano temblorosa.
—Basta —susurró, con la voz seca y rasposa.