Las palabras de Camille todavía flotan en el aire, pesadas y cargadas de una angustia que nadie se atreve a interrumpir. A su alrededor, la atmósfera es eléctrica; cada hombre presente se encuentra en un estado de alerta máxima, con los músculos en tensión y el dedo rozando el gatillo, esperando una sola orden que podría desatar una carnicería. Las ventanas del refugio donde se encuentran están rotas, con los marcos de madera desgastados por el tiempo y la humedad, pero funcionan como puestos d