El aire en los pasillos de la mansión Romanov cambia de repente. Ya no es el aire acondicionado filtrado y silencioso; ahora tiene un peso metálico, una electricidad que eriza la piel. Macarena corre. Sus botas golpean el suelo de mármol con un ritmo frenético que parece ir a la par con los latidos de su corazón. Cada rincón de la casa le recuerda a Emily: una risa compartida en aquel balcón, una mirada de complicidad en la cocina.
—Ojalá no seas tú, Emily. Por favor, que no seas tú —susurra Ma