La mañana en la oficina de diseño de los Fairchild había comenzado con un murmullo eléctrico. Mila, sentada en su estación de trabajo habitual, se inclinó hacia su compañera de mesa, bajando la voz lo justo para que el chisme tuviera ese tono de secreto prohibido.
—¿Te has enterado? —susurró Mila, con los ojos brillando—. Finalmente trasladaron a Verónica al área de administración.
La otra chica abrió los ojos de par en par, dejando caer el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿En serio? No lo sabía